jueves, 18 de diciembre de 2014

LA NOVELA PÓSTUMA DE CARLOS GARCÍA MIRANDA


GARCÍA MIRANDA, CARLOS (2014). El hombre de Pompeya. Lima, Dedo Crítico Editores. 195 pp.

CONTEXTO

      A Carlos García Miranda (Lima, 1968-2012) lo conocí en el Patio de Letras de la Facultad de Letras de la UNMSM. Ambos estudiábamos Literatura. Éramos de diferentes promociones; sin embargo, coincidíamos en los pasadizos o en las cafeterías que rodeaban a la Facultad. No diré que fuimos amigos, pero lo consideraba alguien cercano.


      En mis años de estudiante de la Escuela de Literatura, he conocido a muchos jóvenes talentosos en las aulas de esta famosa escuela. Unos irradiaban sus auras de futuros escritores con una mezcla de cierta timidez y mucho de autosuficiencia. Otros tan geniales como los anteriores, pero, más sencillos y amigueros. A este último grupo pertenecía Carlos. Si te cruzabas en el patio o en la cafetería, Carlos te pasaba la voz. Compartía con uno alguna conversación sobre alguna lectura o sobre cualquier tema. Irradiaba confianza y nunca hizo aspaviento o alarde de que sabía más que uno.

     En uno de los ciclos, me matriculé en el Taller de Narrativa que dirigía el magnífico narrador Antonio Gálvez Ronceros, quien  impartía sus enseñanzas con mano de hierro. A este taller asistía de vez en cuando, Carlos. Me imagino que ya anteriormente había llevado este curso. El hecho es que Carlos ya era famoso, porque había ganado los Juegos Florales de la UNMSM el año 1992. Entonces, el maestro Gálvez Ronceros le tenía consideración y si Carlos se hallaba en clases del taller, le pedía opiniones. Este famoso taller tenía dos partes bien diferenciadas. En la primera hora, el maestro desarrollaba la parte teórica sobre la narración, sus técnicas y toda armadura que debía conocer un aspirante a narrador. Y en la segunda parte, algún participante del taller debía presentar un relato o cuento de su autoría. El novel narrador repartía las copias de su relato a los asistentes. Y terminado el tiempo de lectura, empezaba la masacre crítica, donde el abanderado era el maestro. Yo era aficionada a la poesía, pero me vi obligado a escribir un relato. En uno de las sesiones del taller, me ofrecí presentar un relato de mi autoría en la siguiente reunión. Entonces, Carlos, quien se hallaba en esa clase, se alegró que me atreviera a compartir mi relato. A la semana siguiente, presenté mi famoso relato y Carlos fue quien más celebró.  Sin embargo, mi relato fue vapuleado por el maestro Gálvez Ronceros, quien al final dijo algo así como que mi relato era un texto fallido. Mis otros compañeros, también, desaprobaron mi relato. Al final, mi debut de narrador fue un fracaso. Solo Carlos me alentó, me dijo que persistiera y nos fuimos a tomar un café.

     Pasado el tiempo, Carlos ganó una plaza como profesor de la Escuela de Literatura. Esto es, se convirtió en un joven catedrático y mayormente enseñaba cursos de Teoría Literaria. Y es en esta faceta, que sus alumnos comenzaron a llamarlo  “Bajtín”. Parece que él desarrollaba con pasión en sus clases las teorías de este gran teórico ruso y de allí el apelativo. Al poco tiempo de su debut como profesor, se fue a España a estudiar una maestría. Posteriormente, siguió un doctorado en la mítica Universidad de Salamanca. Y  lamentablemente, cuando estaba próximo a sustentar su tesis de doctorado sobre la obra de Felipe Guamán Poma de Ayala, Carlos falleció. Su muerte nos conmovió a quienes lo conocimos. Y sentimos su partida porque se truncaba una vida dedicada a la creación, a la crítica y a la amistad.

TEXTO

     Un grupo de amigos y colegas han publicado  esta segunda novela de Carlos. Su primera novela Las puertas salió el 2002. Esta novela póstuma, El hombre de Pompeya (2014), está dividida en cuatro capítulos y un epílogo. Es una hermosa edición que rinde tributo a su autor, joven escritor desaparecido prematuramente.


     La novela desarrolla el tópico del fracaso de una vida. Es la vida fracasada de Adrián Garcilaso. El protagonista lleva una vida intensa: es un joven escritor, catedrático, conferencista, traficante de libros antiguos, amante insaciable y becario en universidades españolas. La vida breve de Adrián Garcilaso se desarrolla, en una primera parte, en el Perú; mayormente en la caótica Lima. Esta ciudad es descrita como una metrópolis de contrastes: por un lado, es una urbe aparentemente moderna y cosmopolita; por otro, están los cinturones de pueblos jóvenes, míseros y fantasmales. En un segundo momento, la vida final de Adrián se desarrolla en Europa, mayormente en las diferentes ciudades españolas. Es un ciclo de vida de un joven que prometía un gran futuro como hombre de letras; sin embargo, paso a paso irá conociendo la mano monstruosa del fracaso.

     El primer fracaso que conoce es su matrimonio. Se había casado con Agnes, de quien se separó pronto. El siguiente fracaso es su carrera como narrador, pues, este no alza vuelo ni reconocimiento. Otro momento terrible que le sucede a Adrián es cuando los senderistas queman su pequeño departamento donde se hallaban unas joyas bibliográficas que le había comprado a una heredera, natural de San Vicente de Cañete,  de un noble español. Uno de estos ejemplares coloniales demostraba que Felipe Guamán Poma de Ayala realmente no era el autor de la Nueva corónica del buen gobierno. Adrián pensaba que estos libros incunables los podía vender a algún coleccionista en Europa y así ganar una buena cantidad de euros; a la vez que pasaría a la historia por haber descubierto al verdadero autor de la Nueva corónica. Sus estudios en Europa tampoco lo entusiasman, es incapaz de armar un proyecto de tesis. En fin, su vida misma es un fracaso y nuestro protagonista decide acabar con su ella en el aeropuerto de Zurich; en esta ciudad es detenido por falta de documentación en regla y este es el tiro de gracia que esperaba para colgarse en uno de los baños de la oficina de deportados.

     En el primer capítulo, se emplea la narración homodiegética, esto es, el mismo Adrián Garcilaso nos relata sus vivencias. Esencialmente se desarrolla su estadía en una ciudad norteña del Perú, a donde viajó para dictar una conferencia. “Esta vez, como las tres últimas, fui solo. Era como en las películas de vaqueros. Iba, dictaba la conferencia, cobraba e inmediatamente regresaba a Lima” (pp. 7-8). Esta estadía por una par de días se alarga debido a que los huelguistas del magisterio toman las carreteras e impiden la libre circulación de los ómnibus interprovinciales. Entonces, Adrián se encuentra “encarcelado” en la ciudad, sin embargo, el verdadero calvario que vive no está relacionado con los huelguistas, sino es su vida monótona, su hastío, su falta de motivación. Pareciera que ya nada motiva a este hombre todavía joven.

     En el segundo capítulo, se emplea la narración  heterodigética; donde el narrador omnisciente nos presenta los diferentes quehaceres cotidianos de Adrián Garcilaso. Todos los sucesos ocurren en la caótica y monstruosa urbe limeña. Ahora, es una vida agitada, pero envuelto por una cotidiana inconformidad. Un día se reúne con un joven miope, quien le provee de libros robados; otro día se reúne con un amigo español, quien le compra los libros robados. En otro momento, recuerda su fracaso matrimonial con Agnes; en otro, se encuentra con una de sus amantes. Uno de sus compañeros de ruta es “Lucas un poeta deplorable, y él (Adrián) un narrador frustrado. Solo eso quedó al final de casi quince años de estar metidos en Literatura” (p. 48). Dos pasajes memorables ocurren en este capítulo: el primero, cuando nuestro protagonista visita a su amigo Lucho, quien dirige una librería, en este lugar desarrollan un balance crítico de algunos ejemplares que se exhiben en las vitrinas de esta librería. Así, ambos ningunean las obras Hombres de caminos o Violencia de tiempo de Miguel Gurruchaga o las obras de Alonso Quieto. Sin embargo, provoca una mayor burla “La otra puerta, de un tal García Miramar: ¿Quién da un sol por ella ahora? Pocos (p. 65). El segundo, se da cuando Adrián se encuentra en el café Haití con el muy conocido narrador Oswaldo Hermosa (“viejo escritor gay”). Este Hermosa ventila su frustración como escritor, pues no alcanzó reconocimiento internacional. En ese sentido, despotrica contra Jaime Bayly, “un muchachito rosquetón, sin talento para la literatura” (p. 67), quien era más famoso que él y detestaba más todavía a un tal Mario Vargas Llosa, porque este también lo superó en fama y reconocimiento.

     El tercer capítulo está narrado en segunda persona, donde un joven obrero nos relata la sobrevivencia del Profe (Adrián Garcilaso). “Te voy a contar cómo viven para que te des cuenta de lo que tuvo que pasar el profe. No hay agua” (p. 118). En este capítulo  se detalla el involucramiento del profe con algunos militantes ilustrados de Sendero Luminoso y en ese sentido, nuestro protagonista sobrevive oculto en un pueblo joven. No es la policía quien lo persigue, sino una facción senderista. Pues, nuestro protagonista se involucró sentimentalmente con una dirigente senderista, Celia, que los radicales consideran traidora. Este joven mensajero se involucra tanto con el profe, que termina conociéndolo en todos sus quehaceres. Un pasaje divertido que nos relata este joven obrero es cuando llevando recados del profe a sus colegas sanmarquinos, profesores de Literatura, termina como alumno libre del Taller de Narración que se dicta en la Decana de América. “Bueno, entonces comencé a ir a ese taller: lo dirigían dos profes, uno de bigote, alto y blanco, y otro medio zambo, tirando para cholo, muy grueso y con cara de enojado siempre” (p. 137). Ahora, lo más relevante de este capítulo no es tanto el calvario del profe, oculto en un pueblo joven. Sino, la descripción brutal de la vida de sobrevivencia que llevan los pobladores paupérrimos de los llamados pueblos jóvenes que rodean a la ciudad de Lima. Se revela ese contraste abismal, entre, por una parte, los pobladores de los distritos acomodados como Lince, San Isidro, La Molina o Miraflores; por otra parte, esos Asentamientos Humanos más allá de la Carretera Central o pasando las lomas de La Molina.

     En el cuarto capítulo, aparece nuevamente un narrador homodiegético. Este narrador ya no es Adrián Garcilaso, sino un joven becario peruano que viaja a España para realizar un doctorado en una universidad castellana. Allí conoce el caso de Adrián Garcilaso, un joven becario que terminó suicidándose, Entonces, se interesa por desentrañar al detalle los pasos de Adrián en su estadía en España y otros países europeos. A fin de cuentas, este narrador se constituye como un doble de Adrián, pues se erige en un detective que sigue cada paso de Adrián, ya en sus estudios, ya en sus amoríos o en sus negocios como traficante de libros coloniales. Un pasaje conmovedor es cuando este narrador asiste a la presentación en Madrid “de la novela póstuma En el subterráneo (de Adrián Garcilaso), publicada por una editorial alternativa” (p. 150). (Si Adrián Garcilaso es el alter ego de Carlos García Miranda, entonces es conmovedor constatar esta coincidencia).

     En el epílogo de esta novela, el narrador principal (Adrián Garcilaso) se envuelve en un torrentoso monólogo que recuerda casi todos los instantes de su vida. Es como un resumen apretado de una vida atormentada que camina al abismo del fracaso o a las fauces de la muerte, donde en algunos pasajes solo la literatura calmaba el dolor de vivir. “Era un reptil urbano cansado de las luces de la ciudad, los abrazos,, el mundo en movimiento. Habría dado cualquier cosa por quedarme como ese jugador de dados de Pompeya, ciudad sepultada por las cenizas del monte Vesubio en el 79 d. C., que fue  sorprendido por el volcán en pleno juego. Y se quedó ahí, a mitad de la partida, petrificado para toda la eternidad” (p. 185).

     En conclusión, esta novela póstuma se erige como una muestra más del talento de Carlos García Miranda. Donde el autor hace gala de su manejo  de toda la armadura diegética; así, se combinan diferentes tipos de narradores que nos amplían la mirada de una vida intensa como la vivida por Adrián Garcilaso. Asimismo, nos hace partícipes de cómo paso a paso esta vida envuelto por el hastío y la inconformidad avanza indetenible al frasco y a su doloroso final. Ahora, lo terrible es constatar que esta obra se constituye ante nuestros ojos subjetivos en un testamento que ya anunciaba la muerte dolorosa de Carlos García Miranda.

domingo, 13 de julio de 2014

YO CONOCÍ A UN PREMIO NOBEL



 

Porque voy por la vida disfrazado de beligerante, puedo hablar de la soledad sin empacho e incluso con cierta agradecida y dolorosa ilusión.

Camilo José Cela

    En la pequeña, pero valiosa biblioteca de mi madrina Marcia (Ella era una directora muy querida de un colegio) encontré los veinte tomos de la enciclopedia Mi Tesoro. Por aquellas épocas, yo era un adolescente aficionado a la lectura. En las páginas de esta enciclopedia hallé las biografías de muchos genios (filósofos, matemáticos, escritores, científicos, entre otros). Sin embargo, la vida de los escritores fue lo más me deslumbraron. Así, leí las breves biografías de casi todos los grandes escritores españoles y una pequeña muestra de sus respectivas obras. De aquellas apacibles lecturas recuerdo a Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Miguel de Unamuno, Federico García Lorca.

    En esta popular enciclopedia existía una sección dedicada a los premios nobel de diferentes especialidades. Entre ellos destacaban, a mis ojos interesados, los escritores que habían obtenido el Premio Nobel de Literatura. Recuerdo a la chilena Gabriela Mistral, al peninsular Juan Ramón Jiménez, al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, entre otros. Entonces, supe que el Premio Nobel era el máximo galardón a nivel de premios de valor universal. A partir de la lectura de esta enciclopedia adquirí un mínimo de conocimiento sobre la literatura y sus luminosos personajes.

    Un buen día, leí maravillado en un diario dominical que un premio nobel llegaría de visita a Lima. Este nobel era Camilo José Cela, un escritor español. Ahora yo no había leído ninguna obra de este autor. Lo que me interesaba entonces era conocer a un señor que había recibido este famoso premio. Para entonces cursaba yo el quinto de secundaria. Entonces, emocionado tomé la decisión de conocer en persona a un premio nobel, pues, en mi imaginario de adolescente un nobel era una persona especial, genial, única. Tenía que aprovechar esta maravillosa ocasión, porque así nomás una persona común y corriente no tiene la oportunidad de conocer en persona a un premio nobel y no podía dejar de pasar este hecho histórico para mí.

    Ahora no era fácil este deseo, pues yo cursaba el quinto de secundaria en un hermoso y mágico pueblito, enclavado entre la cordillera oriental de los andes e inicios de la selva alta. Vivía allí con mis maravillosos abuelos. Mis padres y hermanos vivían en Lima. Entonces tenía que convencer del propósito de mi viaje a mis abuelos. Les expliqué los detalles y el motivo de mi empresa personal. Mi abuelo Juan aprobó el itinerario sin ninguna objeción. Y me ofreció, generoso como siempre, el dinero para el pasaje y la comida durante el viaje. Además,  una vez que arribara a Lima iría a la casa de mis padres, pues era mi casa también. Camilo José Cela llegaría a la capital unos dos días después de la noticia  publicada en el diario. Entonces, un día antes de que llegara a Lima me embarqué rumbo a esta ciudad. Es un viaje de más o menos 12 horas en ómnibus. Ahora el viaje era algo cotidiano para mi caso, pues me trasladaba con frecuencia a Lima. Mis padres vivían en la capital y yo con mis abuelos en provincia. Entonces podía pasar una temporada en Lima y otra en provincia. Así que el viaje en sí no fue nada especial, lo que sí era especial era el motivo. Pues era conocer a un premio nobel.




Cuando llegué a Lima y aparecí en la casa de mis padres. Ellos en lugar de alegrarse de verme, me reprocharon. Me dijeron que a qué venía en plena clases en el colegio. Les expliqué que venía enviado por el colegio para conocer a un escritor, premio nobel, y luego presentaría un informe en el colegio. Por supuesto, mi madre no me creyó. Ahora, en el recorte del periódico que llevaba conmigo, releí que el escritor Camilo José Cela visitaría una serie de lugares e instituciones en Lima durante su estadía de un día en la capital peruana. Entonces, tomé nota de su presencia en la Casona de la gloriosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lugar que yo conocía. Sabía que el escritor español asistiría a la Casona a las 10 de la mañana. Pues San Marcos le investiría como doctor honoris causa; además Cela iba a donar una cantidad valiosa de libros a la Biblioteca España (esta biblioteca se hallaba en la Casona). Entonces, planifiqué al detalle mi arribo a las 9 a.m. a la Casona y ubicarme en  un lugar preferencial para conocer al escritor español. Esa mañana, mi madre me sirvió un buen desayuno y me embarqué desde el distrito de Independencia rumbo a la avenida Abancay, al parque Universitario. Más o menos arribé, abrigado de emoción, a la Casona, como a las 9 a.m.

    Pensaba que yo sería uno de los primeros asistentes, pues la ceremonia de reconocimiento al nobel empezaría a las 10 a.m. Felizmente ingresé con facilidad a la Casona, pero en el interior, en el primer patio se hallaba mucha gente. Pregunté donde se presentaría el nobel. Me dijeron en el auditorio, en el siguiente patio. Me abrí paso para ganar un lugar, si fuera posible un asiento en el auditorio. Cuando llegué al segundo patio había más gente. Una buena cantidad de ellos elegantes y bastante mayores. Reconocí al poeta Washington Delgado entre ellos, pues lo había conocido leyendo una entrevista que se publicó en el diario conservador,  El Comercio.

    Cuando llegué a la puerta del auditorio observé que el interior se hallaba colmado de público. Me acerqué a la puerta, a ver si podía pasar. Los señores encargados del control de ingreso, unos tipos con ternos, me dijeron si tenía invitación. Como no los tenía me dijeron que no podía pasar. Además ya no había espacio. En efecto, la gente había llegado temprano para asistir a esta magna ceremonia. La gran mayoría de los asistentes que se hallaba en el auditorio pertenecía a la élite académica y literaria de San Marcos.

    Me aparté del gentío, preocupado. Haber venido de tan lejos para no ver al nobel me angustiaba. Era ya las 10 a.m. y el escritor todavía no llegaba, entonces me dije al menos lo veré pasar. Así que mientras esperaba el paso de Cela, busqué un asiento. En los pasadizos de la Casona no había asientos y si los había ya estaban ocupados. Además quien me podía ceder un asiento, a un escolar extraviado en una ceremonia de intelectuales. Así, triste me asomé a la puerta de la Biblioteca España que se hallaba en el primer patio de la famosa casona sanmarquina. Pues estaba abierta y se veía en su interior las clásicas mesas y sillas de biblioteca. Ingresé. Un señor bajito, de canas y de aspecto afable me contestó el saludo. Le dije que venía a conocer al premio nobel y que lamentablemente ya no había espacio en el auditorio. El señor de canas trabajaba en esta biblioteca y me dijo: “ves esos libros (en el medio del ambiente de la biblioteca se hallaba unas centenas de libros nuevos exhibiéndose en pulcras mesas). Esos libros los trajo el nobel y los va a donar a la Universidad”. Entonces, Cela al final de la ceremonia del auditorio ingresaría a este ambiente a entregar personalmente los libros a las autoridades de la universidad. Y seguramente tendría cara de angustia por conocer al nobel, que el señor me palmeó el hombre y me dijo que me sentara en una de las sillas y que no me moviera por nada del mundo. Que de todas maneras iba a conocer al nobel, pues de que sí ingresaba a este local. Así, feliz y agradecido, me ubiqué en una de las sillas pegadas a la pared.

    No sé cuánto tiempo duró la ceremonia de investidura como doctor honoris causa. Yo me hallaba envuelto por una rara emoción y un cierto desconcierto. Solo aguardaba la aparición del escritor, de una buena vez, en la puerta de la biblioteca. Hasta que por fin apareció en la puerta una pequeña comitiva encabezada por las autoridades de la universidad. Y entre ellos, resaltaba la figura de un señor mayor, en impecable terno azul marino, más o menos alto, con sus patillas largas y llenas de canas. Era Camilo José Cela. El premio nobel avanzó hacia los libros y en su paso nos saludó con sus manos grandes a los que nos encontrábamos sentados. Increíblemente me saludó con sus manos mágicas y yo le respondí el saludo.

 

domingo, 13 de abril de 2014

RESEÑA DEL LIBRO DE CUENTOS DE JORGE SANTIAGO

SANTIAGO, JORGE. Usted viene de allá. Lima, Editorial Ojo Pródigo, 2012; 106 pp.
CONTEXTO
La primera vez que escuché el nombre de Jorge Santiago Flores fue cuando Carlos García Miranda* me comentó que Jorge Santiago había ganado los Juegos Florales 1995 de la UNMSM, en el género cuento. Con Carlos me encontré en el patio de Letras y él tenía una copia del libro ganador: Manuscritos hallados en la ciudad de la furia. Me comentó su agrado por los buenos cuentos que había escrito el joven narrador. En esa ocasión leí un cuento titulado, “Recorte de prensa”, que me llamó la atención desde su primera línea. En este cuento carnavalesco se relataba el enfrentamiento entre los policías huelguistas y la fuerza represiva conformada por los universitarios. Ante la arremetida valerosa de los huelguistas que se disponían a tomar el Congreso, los defensores del orden los correteaban a punta de librazos, esto es, en lugar de lanzarles bombas lacrimógenas contra los manifestantes. Les lanzaban ejemplares de la Iliada, la Divina comedia, Hamlet, entre otras obras maestras y los huelguistas huían despavoridos por la avenida Abancay y sus adyacentes. En esta lectura a vuelo de pájaro, hallé evidencias suficientes de la valía y talento del nuevo narrador, a quien personalmente no conocía. Desde entonces me interesé en los cuentos de Jorge Santiago, quien lamentablemente no llegó a publicar el libro ganador ni otro libro. Solo de vez en cuando salía algún cuento en alguna revista literaria. Ahora, la actitud de Santiago de no publicar contrasta con la afición de muchos jóvenes narradores que se esmeran en publicar libros cada año cuando su calidad deja mucho que desear. Hasta que finalmente el editor de una joven editorial, el Ojo Pródigo, logró convencer al narrador que ya era hora que publicase su primer libro y por fin ha salido a la circulación los cuentos tan esperados de Jorge Santiago. Ahora, nuestro narrador ha obtenido algunos premios por la gran calidad de sus cuentos. Así como ganó los Juegos Florales de San Marcos, también ganó los Juegos Florales de la UNFV, el primer premio en el concurso microcuento El Ñandú Desplumado (1992) y el tercer premio en “El cuento de las mil palabras” de la revista Caretas (1995). Entonces, deseo concluir esta parte de la reseña señalando que Jorge Santiago por su gran capacidad de inventiva, manejo de técnicas narrativas y su suficiencia de narrador lo convierten en uno de los mejores narradores peruanos de las primeras décadas del siglo XXI.
 
 
TEXTO
Este primer libro de Jorge Santiago está constituido por once cuentos que en términos generales sobresalen por la gran calidad de cada uno de los cuentos, donde el autor hace gala de su sapiencia narrativa y su capacidad de asimilación de todas las técnicas narrativas, asimismo resalta su manejo cuidadoso del lenguaje y la creación de mundos alucinados donde se mezcla lo cotidiano con lo onírico. Así percibimos en estos relatos el magisterio de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Augusto Monterroso y Juan Rulfo, entre otros.
En los cuentos de todo buen narrador subyace su propuesta poética y es justamente esta característica que hallamos en la mayoría de los once cuentos de Jorge Santiago. En ese sentido, inferimos tres tópicos que definen la poética narrativa del autor. El primer tópico, “un relato se nutre de alguna carencia o particularidad que presenta el ser humano”. Este rasgo se desarrolla con maestría en el cuento “Usted viene de allá” donde se narra las peripecias de un hombre que carece de sombra, pues esta carencia es el motor que da sentido a la trama del relato. Así mismo, en el cuento “La confesión” la particularidad humana es la vida amorosa agitada de Gabriela Preciado; quien casada con Javier Cotrina mantiene relaciones amorosas paralelas con Federico Molinari (su vecino) y Toñito (un amigo), quien resulta ser el narrador protagonista. El cuarteto amoroso termina con un crimen. El esposo engañado asesina a Molinari, entonces, la particularidad de la conducta de Gabriela es digna de relatarse.
El segundo tópico, “lo imposible de la vida cotidiana es realizable en la literatura”. En esta propuesta Santiago sigue lo que Ribeyro le hace decir a Luder: “La literatura es impostura”. Esto es, nuestros más caros deseos se pueden convertir, en manos de un narrador, en relatos deliciosos y posibles. Así, en el cuento “Dos turistas holandeses”, el narrador protagonista nos relata su apasionado romance con la modelo argentina Fiorella Giraldes, con quien termina casándose en una iglesia caribeña (pues hay fotografías que prueban este enlace matrimonial). Sin embargo, este romance solo sucede en el afiebrado deseo del narrador protagonista; puesto que a la modelo la conoce por sus retratos que aparecen en las portadas de los periódicos y en algunas páginas web que circulan en internet. Entonces, Santiago juega magistralmente con la delgada línea que separa a la realidad del deseo. En “Por amor a Sandra” se profundiza magistralmente en este tópico. En este cuento, aparece un narrador que se zurra de la búsqueda de la verosimilitud, esto es, no busca ubicar su relato en una situación posible. Por lo contrario, desde la primera línea nos hace ver que un relato es producto de la pura inventiva. Así empieza este cuento: “El hombre, a quien de ahora en adelante llamaremos Tony, había decidido soñar que tenía una amante…”. Este Tony que podría ser cualquiera de nosotros, individuos anodinos que pueblan una sociedad mercantilista y materialista, se diferencia del resto porque decide crear en sus sueños a Sandra (su amante: mujer bella, inteligente y adinerada). Tony era feliz al lado de Sandra, pero para hacer más interesante su sueño le crea no solo una vasta parentela a Sandra; sino un antiguo amante, llamado Piero. Hasta que en uno de sus sueños se encuentra con Piero, con quien discute y terminan enfrascándose en un duelo a muerte. Piero está a punto de matar a Tony, “en ese momento Tony se dio cuenta de que algo no marchaba bien, que el sueño se le escapaba de las manos…”. Entonces, surge Sandra, quien con un piedra destroza el cráneo de Piero, es decir, Tony constata que Sandra lo salvó de la muerte. Además, en ese momento Tony descubre que él y Piero eran más bien producto del sueño de Sandra. En ese sentido, se percibe en este cuento el guiño a las “Ruinas circulares” del genial Jorge Luis Borges.
El tercer tópico que subyace en los cuentos de Santiago: “los grandes acontecimientos son producto de alguna ocurrencia individual”. En esta tercera línea temática que hallamos en los cuentos de Santiago se desarrolla la idea de que el hombre por naturaleza tiende a estar tramando algún hecho. Entonces, el oficio del escritor es parte inherente al hombre. Así, esta propuesta se desarrolla en dos cuentos magistrales. En “Clases de historia” se presenta las vivencias de Loli, un modesto profesor de historia. Este profesor que pasaba sus días enseñando temas de historia universal con metodologías tradicionales, donde él mismo se aburría. Un día después de ver una película de temática medioeval se le ocurre desarrollar clases vivenciales de historia y se presenta al aula disfrazado de caballero medioeval. Esta experiencia maravilla a los alumnos y el profesor Loli se convierte en paradigma de educador. Al poco tiempo es condecorado por el Gobierno por su propuesta innovadora. Y en todo el país se aplica su metodología de la historia vivencial, auspiciado por el Ministerio de Educación. Sin embargo, esta loable metodología es llevado hasta sus extremos, que muchos profesores convierten las aulas en lugares de torturas y matanzas, pues se busca recrear tal como sucedió los hechos en el pasado. Así, un profesor disfrazado de nazi torturó a sus alumnos quieres representaban a los judíos. Al final la metodología es repudiada por todo el país y el Gobierno llega a prohibir el curso de historia, pero continúan clandestinamente las clases vivenciales de historia. Así, en este cuento el narrador no solo nos va relatar las vivencias del profesor Loli, sino, principalmente, nos propone una parábola sobre la convivencia de la humanidad. La sociedad humana al inicio se interesa por alguna forma de convivencia nueva, en ese camino idolatran al creador o líder; luego se abusa del método y se le termina repudiando y en esta perspectiva cae en desgracia el líder. En “El rey en su redil” la parábola desarrollada es que la misma enseñanza que ofreciste a un discípulo te será devuelto, es lo que sabiduría popular denomina “Todo da vueltas”. Pues, en este cuento un rey es envenenado por su hijo, el príncipe, quien busca reemplazarlo en el trono; ahora el hijo ejecuta los mismos mecanismos que el rey aplicó con su padre, el rey anterior, “pues lo que él había hecho con su padre, su hijo lo hacía ahora con él”. Al final se descubre que el poder está asociado a una cadena de ambiciones, engaños, traiciones y crímenes.
Esto es, una primera lectura de Usted viene de allá. Un magnífico primer libro de cuentos de Jorge Santiago, quien se revela como un talentoso escritor de cuentos y uno de las promesas de la narrativa peruana de las primeras décadas del siglo XXI. En ese sentido, todos los lectores y aficionados a la narrativa peruana están invitados a leer los cuentos de Jorge Santiago.
 
 *Carlos García Miranda (Lima, 1967-2012) fue un talentoso escritor sanmarquino quien falleció, lamentablemente, cuando se hallaba en su plenitud creativa literaria y después de haberse doctorado en la Universidad de Salamanca.  Publicó la novela Las puertas (1999) y el libro de relatos, Cuarto desnudo (1996).

lunes, 10 de febrero de 2014

RESEÑA DE ÍNSULA BARATARIA 15


 

ÍNSULA BARATARIA. Revista de literatura y cultura. Lima, año 11, No. 15, noviembre de 2013.

CONTEXTO

La publicación de revistas literarias en el Perú es una tarea de personas entusiastas e idealistas. Puesto que publicar una revista literaria es garantía de pérdida económica, o sea, es una forma de arrojar a un pozo sin fondo el dinero. Sin embargo, existen personas dispuestas a dilapidar su dinero por el puro gusto de publicar ensayos, relatos, poemas, entrevistas, entre otros artículos. Ahora, este afán de publicar revistas literarias se mantiene incólume en los espíritus de algunos peruanos y en este grupo se halla un cenáculo de afiebrados amigos que editan Ínsula Barataria. La proeza de estos editores es que Ínsula Barataria ha llegado al número 15 y desde hace 10 años se mantiene transitando en el circuito literario y cultural de nuestro país. En ese sentido, es pertinente expresarles nuestro agradecimiento y reconocimiento. Por otro lado, debemos explicar que desde tiempos antiguos se mantiene esta certeza de que las revistas literarias nunca tuvieron una masiva recepción, ni en el Perú ni en Francia. Así, Pierre Bourdieu nos explica que el campo literario se ubica como un microcosmos dentro de una sociedad en general y desde ese pequeño espacio los hombres que aman la literatura, denominados por el francés los militantes autónomos se dedican a difundir el arte literario. Entonces, los militantes autónomos representan el mundo al revés: “El que pierde gana”, esto es, el que publica una revista literaria pierde capital económico y gana capital simbólico. Por consiguiente, los amigos de Ínsula Barataria deben sentirse aliviados, pues, no ganarán un reconocimiento masivo, pero, sí ganarán el reconocimiento simbólico de la ciudad letrada.

 

TEXTO

Este número 15 de Ínsula Barataria está dividido en cuatro secciones: estudios, notas, creación y reseñas. En la sección “estudios”, destaca en primer lugar, un manifiesto de Mario Guevara: “Cosa de locos”; esta especie de manifiesto resalta por su discurso pesimista donde el autor se lamenta por la nula recepción de las revistas literarias en el Perú. Ahora, es bueno recordar que las revistas literarias no gozan del favor masivo de los lectores; esta realidad sucede tanto en el Perú como en Argentina, lo mismo ocurre en los países de primer mundo, por lo tanto, es una elegía innecesaria. El segundo artículo titulado “Memoria de Huatiacuri y poética del wakcha en Yaku-Unupa Yayaynin” destaca por ser un ensayo escritura en quechua. Es un estudio sobre la poesía del haravicu quechua de nombre castizo, Ugo Carrillo Cavero. No puedo dar ninguna opinión sobre este ensayo, porque lamentablemente no conozco el runa simi; ahora los editores debieron acompañar este ensayo con su respectiva traducción para su correcta divulgación, puesto que posiblemente nadie va a leer este texto y entonces constituiría una publicación inútil. El tercer artículo, “La recepción de la ciencia ficción como género literario en Latinoamérica”, pertenece a la pluma de Elton Honores; este es un estudio productivo puesto que aporta un vasto panorama sobre este “género moderno que surge durante el desarrollo industrial del primer mundo a inicios del siglo XIX”. Así, Honores hace gala de su conocimiento bibliográfico sobre este tema; además, el investigador se ha especializado en este tópico. El cuarto artículo le pertenece a Jorge Ramos Rea, “La crítica a Los eunucos inmortales, de Oswaldo Reynoso”, donde al inicio Ramos se lamenta por la tarea poca afortunada de la crítica literaria en el Perú. Por un lado, no comparto los lamentos de Ramos, puesto que el Campo de la Literatura es desarrollado por una minoría de los ciudadanos en el Perú y lo mismo sucede en cualquier otro país. Y, mayormente, la creación y la crítica se desarrollan y producen de manera sostenida en las universidades donde existen las escuelas de Literatura y justamente el trabajo de Ramos se circunscribe en este terreno. Por otro lado, es interesante este trabajo de Ramos ya que desarrolla un panorama generoso en sus precisiones sobre la recepción crítica de esta novela de Oswaldo Reynoso. En el último artículo, Benigno Quispe Ramos realiza un repaso detallado del contenido de cada uno de los números de Ínsula Barataria en sus diez años de publicación. Es un trabajo útil y pertinente para todos los investigadores, puesto que algún ensayo, nota, relato o poema de sumo interés podría hallarse en esta revista.

La sección “Notas” se inicia con un texto del poeta Marco Martos sobre el último libro de cuentos de Jorge Valenzuela, Juegos secretos (2012). Martos resalta que Valenzuela ha creado un universo del mal, donde los personajes se desenvuelven en un mundo signado por “el cinismo y el desamor; por la traición y la muerte”. En ese sentido, el narrador hace gala de su magisterio del arte de escribir cuentos de gran calidad tanto en la técnica formal como en su temática que recrea la descomposición de nuestra realidad. Así mismo, Martos celebra que Valenzuela se haya consolidado como uno de los más destacados cultores del cuento peruano. El segundo texto de esta sección le pertenece a Hernán Núñez Tapia, “La ironía en las fábulas de Augusto Monterroso”. En este estudio, Núñez aborda dos textos del maestro Monterroso (“La tela de Penélope o quién engaña a quién” y “El conejo y el león”) donde busca resaltar el empleo de la ironía. Entonces, deseo indicar algunos comentarios sobre el trabajo de Núñez; primero llamar la atención sobre el desliz del lugar de nacimiento de Monterroso. Este fabulista nació en Tegucigalpa (Honduras), luego se nacionalizó guatemalteco y terminó residiendo hasta su muerte en el país de Octavio Paz. En segundo momento, me gustaría señalar algunas dudas sobre la aplicación de la categoría ironía. Pareciera que en “La tela de Penélope…” si hay una cierta ironía en la conducta de la reina, pues según el relato de Monterroso, Penélope no le era fiel a Odiseo, sino que ella lo engañaba con los pretendientes. Ahora, la ironía depende de efectos semánticos más que formales, por consiguiente,  la famosa conducta de la reina relatada por Homero resulta desmontada por Monterroso (Este concepto es precisado por Jonathan Culler como la ‘ironía situacional’). Entonces, la fábula de Monterroso halla su sentido diegético en contradecir la historia clásica. Sin embargo, el nudo del relato se centra en que el rey astuto es engañado por otra persona más astuta, su esposa, en ese sentido, no sería la ironía el centro de la fábula, sino la incidencia en el tema de la astucia tan caro a Odiseo; es la demostración del dicho popular: para un astuto hay otro más astuto. Respecto a “El conejo y el león” los tópicos que resaltan son el de la apariencia y la fanfarronería. Y no tanto la ironía, esto es, Monterroso desmonta las versiones clásicas respecto de las conductas de los personajes del león y el conejo.

La sección “creación” empieza con el relato “Número tres” del maestro Estuardo Núñez; este texto se publica como un homenaje; ahora este cuento no aporta mucho sobre la génesis del cuento peruano, en todo caso suma en la bibliografía de Núñez para aquellos interesados en la obra del autor. El segundo texto denominado “La tentación de San Antonio” de Marco Antonio Roggero es presentado como parte de una novela inédita. El texto relata la lucha del santo por mantenerse casto y puro, pues una serie de mujeres lascivas se le ofrecen. Al inicio parecía un relato que desarrollaría el tópico del erotismo, pero concluye con un discurso conservador: ¡el santo se hace eunuco y alcanza la santidad! El siguiente relato le pertenece a Jim Anchante, se denomina “Telémaco” y la idea desarrollada es que el mítico Ulises habría tenido un hijo con una mujer peruana de nuestro tiempo y este Telémaco, llamado en el cuento Alberto, habría nacido en el Callao. La idea es sugerente, pero no alcanza la verosimilitud suficiente en el desarrollo del relato. Y el último texto narrativo de esta sección le pertenece a Fernando Carrasco denominado “Un cuento simiesco”; este cuento destaca por el manejo de un lenguaje cuidado, por momentos alcanza un alto lirismo; ahora, a nivel temático desarrolla el tópico de la traición. El protagonista es el mono Maitín de propiedad de María del Rosario y este animal vivía feliz al lado de su ama; sin embargo, se acaba la vida feliz del mono cuando María del Rosario se casa y tiene a su primera hija. El mono se siente desplazado por la recién nacida y por celos realiza una serie de comportamientos que los conducen hasta su suicidio: el mono termina ahorcándose. Ahora, hasta qué punto nosotros los lectores aceptaríamos las conductas casi humanas del mono. Esta sección se cierra con un poema titulado “Sin título” donde Gloria Macedo rinde homenaje a Gisela Jörger, profesora sanmarquina fallecida, quien enseñó por muchos años en la Escuela de Literatura de San Marcos.

En la última sección “Reseñas”, Fernando Carrasco escribe un comentario generoso sobre la novela Por el arte de los quipus de la novel escritora Ofelia Huamanchumo. Y cierra la revista, dos reseñas de Florencio Luque: en la primera nos presenta el contenido del primer número de la revista cultural Vuelapluma cuyo eje temático es la obra del gran Antonio Cisneros; ahora, a Luque se le puede reprochar sus loas innecesarias a los directivos que alientan la publicación de esta revista. En la reseña final, precisa las particularidades de la exitosa película documental de Javier Corcuera titulado Sigo siendo.

Concluimos indicando que la revista de literatura y cultura Ínsula Barataria merece la atención de aquellos lectores interesados en el devenir de la investigación y creación de la literatura peruana y latinoamericana, pues su contenido variado que incide ya en autores del canon, ya en jóvenes promesas constituyen un gran aporte en el desarrollo de la cultura peruana del siglo XXI.

 

Edmundo de la Sota Díaz

 

martes, 7 de agosto de 2012

RAPSODIAS BUCÓLICAS DE EDMUNDO DE LA SOTA O EL ARTE DE LA MEMORIA Y LA PALABRA

                                                           por Fernando Carrasco Núñez

Si (como el griego afirma en el Catilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo. Con estos versos del poema “El Golem”, Borges nos recuerda el valor simbólico de la palabra y añade que esta, además, es un auténtico nexo, incluso metafísico, entre el hombre y todo lo que se nombra. Edmundo de la Sota parece tomar como punto de partida esta premisa del poeta argentino para configurar un poemario donde los seres y escenarios más amados, alguna vez perdidos, son recuperados a través de la memoria y la palabra. A la manera de un aeda, juglar o haravicu quechua, De la Sota Díaz le canta y celebra a su entorno más entrañable.

Los personajes poéticos de Rapsodias bucólicas (Lima, Ediciones del Marqués, 2012) aparecen marcados por el estigma de la carencia y la orfandad. El hombre se percibe desprovisto de una parte fundamental de su ser. El hermano David, el abuelo Juan, la mujer amada (Malva Rosa, Romina) o los espacios más íntimos (Lunahuaná, San Luis de Cañete, Cerro Azul, Batán-Grande, Yauyos) se han alejado o han partido irremediablemente como si la vida consistiera en ir perdiendo con los años a los seres y cosas que más se adora. En esta línea no resulta gratuito que el poema titulado “El centauro”, el cual abre el volumen, desarrolle la idea de que el hombre es una prolongación del personaje mítico que ha perdido su parte de caballo: “y noches enteras/ te maldigo,/¡a ti, Dios de la génesis/por haberte quedado/con mi parte de caballo!” (p.15). Esta parte de caballo que ha perdido el centauro funciona como una metáfora de nuestra orfandad. Las alusiones al mundo mítico griego son recurrentes.

No obstante, ante la ausencia del ser amado el hombre no se resigna y busca recuperarlo a través de la memoria y la palabra, a través de la música y la poesía, así como hace el viejo pescador Sabino Cañas, quien canta a sus amores idos al tiempo que “toca las cuerdas/ de su espumosa memoria”. O como el ciego contador de historias que entre lágrimas rememora a su amada Malva Rosa. Pero es en el poema “Esbozo” donde la idea de la memoria y las ansias de recuperar al ser amado alcanzan mayor intensidad. El yo poético traza la imagen de la mujer amada a través de la palabra porque sabe que toda ella está en la palabra misma que la nombra. Veamos: “Esta es Romina: un azar/de trazos/seguida de borrones/más una gota de imaginación […] su imagen/-un dibujo, naturalmente-/escurriéndose de mis dedos/para posarse en esta página” (p. 33). El tema de la muerte, presente en los poemas “Historia” y “David”, le confiere mayor dramatismo al poemario. En este último poema se evoca la memoria del hermano muerto en las playas del sur, cuyo recuerdo es una grata compañía cuando se camina por los espacios compartidos en tiempos pretéritos. En el poema titulado “Historia”, el hablante lírico, a diferencia de los otros poemas del libro, no se limita a rememorar o nombrar al ser querido, sino que sale en su búsqueda y refiere la infausta y triste historia de ese viaje cotidiano por los acantilados del mar de Cañete. Hay un afán de resaltar esa orfandad y dolor que nos envuelve a quienes aún vivimos, pero ahora sin una parte medular de nuestro ser. La búsqueda incesante entre las olas ha llevado al locutor del poema a mimetizarse con el mar: “Mis ojos profundamente oceánicos,/mi larga cabellera/de olas crispadas,/mis bigotes de lobo de mar/mis brazos/de pulpo,/mi furioso corazón/con su altas y bajas/mareas (p.37).

En el poemario de Edmundo de la Sota, la naturaleza es evocada también con afecto y profunda emoción, no solo porque es el locus amoenus o lugar agradable en el que sucedieron hechos imperecederos como se relata en el poema “Mujer de barro” en el cual se recuerda a la mujer amada con quien se caminaba por los milenarios senderos, aún visibles, de los antiguos huarcos, sino, principalmente, porque así como la palabra que nos devuelve al ser querido, cada espacio que perdura entre los siglos funciona también como un nexo con nuestros antepasados y nuestra descendencia. Cada elemento de la naturaleza es un punto de encuentro con el ayer y el porvenir. Así, en el poema “Guardián de piedra” se lee: “Ay poeta, debo seguir con esta tradición familiar:/ser el guardián de una hermosa piedra/yo la cuido con esmero,/arranco los musgos/que se pegan a su piel, le hablo con paciente/ familiaridad/porque sé que conocerá a mi descendencia”(p. 59).

Finalmente, tenemos que señalar que a ese afán de rememorar personajes y escenarios de nuestro pasado familiar, que se percibe en Rapsodias bucólicas de Edmundo de la Sota, le subyace el deseo irrefrenable de volver a los años de la niñez en el espacio primigenio, nuestra Arcadia, donde no faltaba nadie y se vivía en contacto armonioso con la naturaleza. Esto denota, a su vez, una actitud de rechazo al presente en un contexto urbano signado por el caos, el narcisismo y las ambiciones hegemónicas. Entonces, el poeta, un forastero arrancado de su querencia, busca recuperar su paraíso perdido a través de la memoria, a través del trabajo artístico de la palabra que sabe acercarse con talento a la más alta poesía de nuestro tiempo.

 

martes, 22 de mayo de 2012

PRESENTACIÓN DE MI POEMARIO

Estimados amigos, este miércoles 30 de mayo presento mi libro. Están, todos ustedes, invitados a este ritual de la poesía.

jueves, 15 de marzo de 2012

RAPSODIAS BUCÓLICAS


En Rapsodias bucólicas, la vivencia cotidiana se revela desde las prismas del mito. En efecto, el poeta nos lleva a recorrer cada uno de los hermosos pueblos de Cañete con ojos de curiosidad por conocer lo improbable. Así, la voz poética nos presenta a personajes comunes como un ciego narrador, un abuelo querido, una mujer lasciva, un hermano muerto, entre otros protagonistas. Pero, todas estas crituras están impregnadas por un aura misteriosa. En ese sentido, el poeta halla ciertas correspondencias entre sus protagonistas que moran en la arcadia cañetana con algunos personajes de la mitología clásica. Si para Salustio, el mito se define como "Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre"; para Edmundo de la Sota lo que importa es hilvanar un mundo posible, al margen de si la historia tuvo lugar o no.

UNA VISTA DE LUNAHUANÁ



Esta hermosa vista corresponde al paradisiaco distrito de Lunahuaná, se observa el puente colgante San Lorenzo. Ahora esta imagen es parte de la portada de mi poemario Rapsodias Bucólicas que en estos momentos se halla en imprenta.

miércoles, 14 de julio de 2010

EL MEJOR PARTIDO DE FÚTBOL


EL MEJOR PARTIDO DE FÚTBOL QUE VI… LO ESCUCHÉ. Yo tenía 9 años de edad. Y a esa edad lo que más me gustaba era el fútbol y, por supuesto, soñaba con ser jugador de la selección peruana de grande. Entonces, en la perspectiva de prepararme para convertirme en uno de los grandes futbolistas del Perú. Yo siempre asistía al estadio municipal para presenciar el campeonato de la liga del distrito de Independencia.

Era febrero de un verano. Se iba a disputar el encuentro entre Mauro Navarro FC (campeón de Independencia) y el campeón de Puente Piedra. Era un partido por las eliminatorias interdistritales de la Copa Perú. Asistimos en gran número a alentar al Mauro Navarro FC, equipo de nuestro barrio. El estadio El Ermitaño no tenía pasto, era de tierra afirmada. No tenía tribunas. El público solía ubicarse alrededor del campo deportivo. En todo caso, había una pequeña y única tribuna hecha de tablones que se ubicaba en lo que vendría a ser la tribuna de occidente. Era algo así como el palco principal donde se sentaban los dirigentes y las autoridades de la liga distrital y de los equipos participantes. Como yo era uno de los más pequeños hinchas, pues la mayoría eran jóvenes y adultos, busqué un lugar apropiado para presenciar el gran partido. Si me quedaba en torno al campo como la mayoría del público, no habría visto bien el partido o me habrían tapado los grandes. Ustedes saben que la gente no respeta. Cada quien se ubica sin tomar en cuenta al otro. Bueno, yo quería un buen sitio. Entonces, me las ingenié para colarme en la única tribuna, es decir, en el palco de las autoridades. Como tenía una cara angelical fácilmente pasé los controles y subí al escalón más alto de la tribuna, Mientras me ubicaba en una de las esquinas, descubrí que a un lado había una pequeña caseta de triplay. Como hacía mucho calor, me ubiqué junto a la caseta, en la parte que daba sombra.

Empezó el partido, la mayoría de las tribunas hinchaban por Mauro Navarro FC. El partido para mi gusto transcurría pausado, hasta aburrido. Ambos equipos se cuidaban. No se atrevían ir al ataque. Es decir, la escuela de Dunga ya se practicaba en este partido. Lo divertido era el contrapunto de insultos que se lanzaban los hinchas de ambos equipos. Ya iba la media hora del partido y yo estaba defraudado. Ningún gol, ningún ataque mortífero de mi equipo. En eso estaba, cuando escuché que alguien había prendido su radio portátil. Se estaba transmitiendo un partido de fútbol disputadísimo; porque el locutor relataba un encuentro muy peleado, interesante, divertido, poético, digno de una final mundial. Yo me dije, cómo no estoy en ese estadio para ver ese gran partido que están narrando. Al tiempo que escuchaba la narración, seguía mirando el partido. Cuando de pronto descubrí que no era de una radio la que salía la voz del narrador, sino de la caseta de mi lado. Allí, en la cabina de triplay don Quijote y Sancho Panza (eran un flaco alto y un bajito gordo) relataban un partido intensamente disputado… Yo me dije, no creo que estén transmitiendo este partido que transcurre aburrido. Pues no coincidía el disputadísimo partido que relataban y el soso partido que observaba. Pero, al seguirle la descripción de lo narrado coincidían increíblemente con el partido del Mauro Navarro FC y el campeón de Puente Piedra. El color de sus camisetas era de los equipos que los tenía a mi vista. Así al seguir la narración con mayor detenimiento… comprobé que sí estaban transmitiendo el partido que yo miraba. Me quedé conmovido. El partido se veía aburrido, sin emociones. Sin embargo, en la voz de don Quijote era un partidazo. Un clásico entre Barcelona y Real Madrid. Donde cada jugada se disputaba a muerte. Se sucedían ataques mortales. Un tiro libre pasaba besando el travesaño cuando realmente había pasado a 5 metros del travesaño. Es decir, en la cancha el partido era lento y desordenado. En cambio, en la narración corrían los jugadores como si fueran europeos. Entonces, me senté un poco aliviado, pues el soso partido que miraba al menos lo escuchaba intenso y muy peleado. Es así como el mejor partido adonde asistí como hincha no lo disfruté con la vista, sino oyéndolo. Esto es, el mejor partido de fútbol de mi vida no lo vi, sino lo escuché.

miércoles, 24 de febrero de 2010

EL 'ANIMISMO' EN EL INDIGENISMO VANGUARDISTA DE ANDE DE ALEJANDRO PERALTA


En estos versos: “Bajo un kolli pordiosero / ha hecho acrobacias locas con el Silvico / en el trapecio de sus nervios // Y SE HAN SAJADO LAS CARNES / Y HAN HECHO CANTAR LA HONDA // Los ojos golondrinas de la Antuca / se van / planeando / por las cabañas…”

Se describe un encuentro erótico, entre los amantes campesinos, utilizando vocablos tanto del lenguaje andino como del lenguaje vanguardista. Los términos ‘kolli’, ‘el Silvico’ o ‘la Antuca’ están asociados al habla puneño . Los vocablos ‘acrobacia’, ‘trapecio’ o ‘planeando’ son propios de la jerga vanguardista. Este encuentro erótico se desarrolla en el campo, es decir, en un espacio deducible como el Altiplánico. Pero se describe, esta intensidad del encuentro amoroso, con metáforas de cuño vanguardista: “(La Antuca) ha hecho acrobacias locas con el Silvico”.

En efecto, en el universo recreado en Ande (1926) confluyen dos campos retóricos , esto es, la cultura andina, por un lado, y la cultura vanguardista, por otro lado. Esta negociación transculturadora que Cynthia Vich halla en este poemario peraltiano es “el indigenismo vanguardista (que) se define por el gesto positivo de abrir un nuevo terreno muy inclusivo que aparece como espacio de conciliación y a la vez como una estética distintiva con respecto al indigenismo y al vanguardismo canónicos” . Entonces, nos parece pertinente sostener, siguiendo a Vich, que esta síntesis entre la tradición y la modernidad da origen a un nuevo campo retórico, el indigenismo vanguardista.

Ahora, ¿cómo confluyen en un nuevo campo retórico, lo urbano cosmopolita y lo rural indígena? Américo Mudarra dice que: “en estas dos grandes configuraciones no encontramos por el momento, conflictos u oposiciones, sino más bien convivencia, cotidianidad, pues ambos participan recíprocamente de ese espacio geográfico que el ande diseña” . Es cierto, se evidencia por el uso de los títulos de los poemas que los vocablos nombran lugares específicos del ande, esto es, el universo recreado es el Altiplano. Pero al mismo tiempo está presente la participación activa de la mirada cosmopolita vanguardista.

La pregunta es ¿cómo se constituye esta nueva cosmovisión indigenista vanguardista? Creemos nosotros que más que la metáfora en sí, el eje que integra estas dos formas de ‘ver’ el mundo, en apariencia antitéticas, es el ‘animismo’.

¿Qué es el animismo? Para precisar la definición de esta figura retórica, me basaré en el concepto de ‘campo figurativo’ desarrollado por Stéfano Arduini . Este retor y lingüista italiano define el ‘campo figurativo’ como el espacio cognitivo de organización conceptual del mundo. Entonces, “las figuras son los medios con los que ordenamos el mundo y podemos referirlo, son los medios con los que nos construimos y nos relatamos ”. En ese sentido, no debemos olvidar que los campos figurativos involucran la inventio (el referente del texto), la dispositio (la macroestructura textual) y la elocutio (la microestructura textual), en este caso de un texto poético. Por lo tanto, es evidente que el ser humano piensa con metáforas u otras figuras retóricas que reflejan las estructuras mismas de su pensamiento y de sus afectos, además que organiza y facilita su propia facultad comunicativa. Entonces, todas las posibilidades del universo figurativo se hallan agrupados en seis campos figurativos: la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, la elipsis, la antítesis y la repetición. Y las figuras retóricas se ubican al interior de cada uno de estos campos.

En Ande es el campo figurativo de la metáfora “el eje integrador que define los términos en los que se desarrolla esta categoría estética”: el del indigenismo vanguardista. Y dentro de este campo figurativo –desde nuestro punto de vista– es el ‘animismo’ la figura retórica primordial que recrea esta nueva realidad. Ahora, Arduini denomina ‘prosopopeya’ o ‘personificación’ a lo que nosotros llamamos ‘animismo’. La prosopopeya consiste en otorgarle rasgos animados a objetos inanimados o abstractos.

Para el caso de esta lectura de Ande, preferimos el concepto de ‘animismo’. El uso de este término no lo asumimos por el prurito gusto de diferenciarnos de Arduini u otros retores, sino que nos parece un concepto propio de la cosmovisión andina. Así pues, ‘animismo’ deriva del vocablo ‘ánima’. Y ‘ánima’ en el mundo andino es el espíritu vivo de la montaña, de una piedra, del viento, del sol, de la lluvia o del rayo, entre otros ‘seres’ que pueblan el imaginario andino mítico y milenario. En ese sentido, si para la cosmovisión occidental otorgarle rasgos animados a seres u objetos inanimados o abstractos se conoce como prosopopeya; nosotros utilizaremos el término ‘animismo’ para señalar las acciones vivas que desarrollan los ‘seres’ inanimados que pueblan el imaginario andino. Además, siempre en la cosmovisión andina, todos los elementos de la naturaleza se representan llenos de vida, es decir, coactúan con el ser humano, entre iguales.

Ahora, en Ande hallamos tres variantes del ‘animismo’:

a. El animismo de los elementos de la naturaleza con toques de la dinámica vanguardista

En los versos de ‘La pastora florida’ conviven al animismo de un avión y de un lago:
“Picoteando el aire caramelo
Evoluciona una escuadrilla
De aviones orfeónidas” (p. 124)

“Sale el lago a mirar las sementeras
” (p. 124)

En el primer caso, el avión, una máquina –uno de los símbolos del vanguardismo– picotea el aire, es decir, realiza el acto de probar el aire como si fuese un ave que pica un grano de maíz. En el segundo caso, el lago –símbolo del mundo altiplánico– mira los sembríos que se hallan a su alrededor, esto es, realiza una acción de vigilancia verificando que todo marche bien.

En ‘Cristales del Ande’ se dice en un verso:
“Las calles vestidas de colores corren como culebras por la aldea” (p. 126).

En este caso, el animismo nos configura la idea de las calles como espacios de circulación llenos de vida; además la comparación con la culebra lo liga a lo andino, pues ‘culebra’ es un vocablo andino, lo que ‘serpiente’ es un vocablo occidental.

En ‘Gotas de cromo’ se dice:
“Las brisas están regando el pastizal” (p. 130) y
“Hay un aserrar de espigas / y un llanto de quinuas ojerosas”(p. 130).
En el primer caso, las brisas que por su naturaleza misma humedece el pasto, aquí se enfatiza que cual ser humano riega el pastizal, es decir, es una acción más específica la que realiza. En el segundo caso, se describe una conducta humana –el llorar– de una planta identificada con el mundo altiplánico.

En ‘Chozas de medio día’ hallamos los siguientes animismos:
"Los vientos bajan a saltos de los cerros/ bajan como tropeles de vicuñas”(p. 131) y
“las chozas –frescos murales de montaña / abren sus ojos incendiados” (p. 131).
En el primer caso, el símil entre los vientos y las vicuñas sirve para señalar una conducta propia de seres vivos para configurar las acciones que desarrolla el viento. Entre ellos, se singulariza la imagen que los vientos bajan juguetones como las vicuñas. En el segundo caso, las chozas –sustantivo eminentemente andino– que en la mitología andina carece de ánima, es decir, de vida mítica, en este verso presenta una funcionalidad propia de un ser vivo, el del mirar intenso

En el doloroso poema ‘El indio Antonio’ se dice:
“mientras el granizo apedreaba la puna
y la vela de sebo
corría a gritos por el cuarto” (p. 136).
En primer momento, el verbo apedrear señala una actitud animista de agresión y en segundo momento, la perífrasis verbal precisa una acción de desesperación ante la agonía de la esposa de Antonio.

b. El sol se humaniza

Esta segunda variante del animismo hace que se sostenga con mayores evidencias que esta figura retórica es el eje integrador de lo andino con lo moderno vanguardista. En efecto, en la cosmovisión andina –mítica y milenaria–, el sol es el dios-padre. Es, pues, la divinidad suprema que creó la cultura andina. Entonces, es un ser visible sí, pero omnipotente, que va más allá de una simple vida humana. Por consiguiente, el sol es una entidad viva, que además da vida al hombre y a la naturaleza. Pero, ¿cómo se le describe en este poemario? Se le presenta totalmente desmitificado. El sol ya no es más una divinidad, más bien se comporta como una criatura con ‘vida’, pero común y silvestre. Veamos los versos:

“El sol / se ha desmenuzado como un desbande de canarios” (p. 126)
“El sol se enrosca como una serpiente / en los geranios rosas” (p. 127)
“mientras el sol desde su aeronave / arroja bombas de magnesio” (p.128)
“El sol está detrás de mis talones” (p. 129)
“El sol picapedrero rompe las moles fantasmas” (p. 131)
“Sobre una pared trunca / el sol se ha roto un ala” (p.132)
“El sol se ha pegado a mi cuerpo / como una erisipela” (p.134)
“Las 12 de la noche / el pericote de mi cuarto / ha rechinado 12 veces los dientes / y ha rodado como un sol peruano de un ángulo al otro” (p.136)

Entonces, la figura del sol tan elevado en la mirada andina ha devenido en caricatura humanizada, gracias a la mirada desmitificadora del vanguardismo cosmopolita. Incluso se ha rebajado al valor de una moneda peruana. En ese sentido, fluye el toque irónico y humorístico del vanguardismo. Así, esta suprema deidad andina deviene desde la perspectiva animista de nuevo cuño en “diferentes personajes: un ave, una erisipela, una moneda cualquiera que rueda por el cuarto” .


c. El kolli como alter ego del campesino sufriente

En el poema ‘Kolli’ se relata, en base a una suma de animismos, la vida cotidiana y dolorosa del campesino altiplánico. Veamos. En primer lugar, el kolli es un árbol identificado con la cultura andina altiplánica, en ese sentido, se autorrepresenta metafóricamente como el campesino altiplánico. En segundo lugar, el kolli lleva una vida tan sufriente:

“DETRÁS DE LOS GALPONES CENOBIARCAS
EL KOLLI ATISBA EL CIELO

Tiene curvadas las espaldas del peso de los cerros
Desde el amoratamiento de sus ojeras
Destila sobre las quemadas mejillas de la tierra
Un desvaído llanto de acuarelas” (p.140)

Entonces, a partir de los animismos que describen crudamente la cotidianidad atroz del kolli se realiza una denuncia de la expoliación que sufren los hombres del campo. En esta perspectiva, es interesante verificar en este poema el tópico de la denuncia de la explotación del hombre andino. Sin embargo, este tópico de la denuncia no se organiza desde una mirada solamente andina realista, sino está presente la mirada vanguardista con su vertiginosa reiteración de animismos que constituyen una de las características esenciales de la estética vanguardista.

En tercer lugar, es novedoso la idea que se desarrolla en Ande: la mirada vanguardista no es únicamente de perspectiva estética, sino también ideológico-político.

RESUMIENDO, hemos verificado que el animismo es uno de las figuras retóricas primordiales que permite la unión de dos formas de ‘ver’ el mundo –la andina y la cosmopolita occidental- en uno solo, el indigenismo vanguardista.


Bibliografía

- ARDUINI, Stéfano. Prolegómenos a una teoría general de las figuras. España, Universidad de Murcia, 2000.
- LAUER, Mirko. (Prologuista y compilador) 9 libros vanguardistas. Lima, Ediciones El Virrey, 2001
- MUDARRA, Américo. “Para una lectura de Ande, de Alejandro Peralta”. En: Escritura y Pensamiento. Lima, UNMSM, Año II, N° 6, 2000; pp. 105 – 117.
- PERALTA, Alejandro. Ande. En: 9 libros vanguardistas. Lima, Ediciones El Virrey, 2001; pp 121 – 140.
VICH, Cynthia. “Hacia un estudio del ‘indigenismo vanguardista’: la poesía de Alejandro Peralta y Carlos Oquendo de Amat”. En: Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Lima – Berkeley, Año, XXIV, N°. 47, 1er semestre de 1998; pp. 187 – 205.

jueves, 14 de enero de 2010


VIAJE A LAREDO, LA TIERRA DE JOSÉ WATANABE

( crónica )


“El algarrobo se inclina como una nube verde
sobre la única bodega del pueblo.
Detrás del mostrador humilde
una grácil jovencita lleva nuestra mirada
a un tiempo sin malicia”.

José Watanabe.


UN 30 DE DICIEMBRE DECIDÍ VIAJAR A TRUJILLO. Me fui al paradero Fiori (el cruce de la Panamericana Norte con la av. Tomás Valle) y busqué el boleto más barato. Encontré uno de 20 soles. Así que, contento ocupé mi asiento. Mi compañero de asiento resultó un niño que a esa hora (10 p.m.) cenaba un cuarto de pollo a la braza. Se chupaba los dedos con tanto deleite que me provocó, pero preferí olvidarme de la comida.
Murga Express avanzaba raudo por la Panamericana hasta llegar al control policial a la altura de Ancón. Entonces, subieron unos policías y nos enfocaron con sus linternas. “¿Todo en orden, señores?”, nos preguntaron. Nadie dijo nada. Queríamos que el vehículo avanzara ya. En eso, subió otro policía que parecía el sargento García de la serie el Zorro. El gordo dijo: “Señores, este carro no sigue el viaje”. Todos nos paramos a reclamarle los motivos. “Le falta un foco de señal en el faro derecho”. “La canción, ahora quién podrá salvarnos”, dijo mi compañero de asiento. Y el Chapulín Colorado apareció: era el chofer. “Señores, no se preocupen, lo solucionamos en un cinco”. El carro dio una media vuelta; regresamos a unas cuadras en la búsqueda de un mecánico. El Chapulín estacionó el ómnibus y comenzó a llamar al mecánico. Al cabo de unos minutos un somnoliento hombre se asomó por una de las ventanas, preguntó qué queríamos. Al poco rato bajó y reparó el faro derecho. Y por fin salimos rumbo a la tierra de José Watanabe. Toda la noche no dormí; contemplé, pegado los ojos a la ventana, el mar que se movía como un animal infinito, las formas femeninas del desierto, la oscuridad, el silencio, los pueblos dormidos. A las 6 a.m. del 31 de diciembre arribamos a Trujillo.

Después de recibir el Año Nuevo en las pestilentes playas de Huanchaco (este será motivo de otra crónica), a las 8 a.m. del 1 de enero me preparé para iniciar el viaje más esperado desde hace mucho tiempo: conocer la casa donde había nacido el gran poeta José Watanabe (1946-2007). Salimos hacia la av. Larco Herrera, allí tomamos una combi que nos llevó hasta el distrito de Laredo. Es un viaje de unos 20 minutos. Le supliqué al cobrador que nos dejara en la puerta del mercado principal de Laredo. Supuse que en un mercado donde confluyen personas de todas las direcciones de Laredo, alguno de ellos, me indicaría la dirección de la casa del poeta. Emocionados nos bajamos en el mercado. Era el típico mercado: inmenso y desordenado. ¡Al fin estábamos en el corazón de Laredo! Lo primero que hicimos fue ubicar la sección de juguerías. Nos tomamos un ponche especial. La señora que nos atendía nos aseguró que el jugo estaba preparado con las frutas de Laredo. El zumo estuvo delicioso. Entonces, al momento de cancelar la cuenta, como entrando en confianza, le pregunté si conocía la casa de José Watanabe. “¡Quién es ese señor! No. No lo conozco”, nos dijo, mientras nos sonreía. Salimos de la sección de las juguerías. Bueno, nos decíamos, una señora que vende jugos no tiene por qué conocer a Watanabe. Comenzamos a recorrer por distintos secciones del gran mercado de Laredo. En cada esquina, sopesando a una persona que aparentaba, según nosotros, ser un lector. Nos acercábamos cuidadosamente y le preguntábamos: “Señor, disculpe, conoce usted la casa del poeta José Watanabe?”. Y preguntamos como a 20 personas y nadie conocía al poeta. “Nunca he escuchado ese nombre”; “¡Qué, hay un poeta de Laredo!” y otras expresiones similares nos fueron lanzados como respuestas, ante nuestra desesperación. Es cierto, la gente no lee, entonces, a quién se le ocurriría interesarse por un poeta así sea su vecino. “¿Qué hacemos?”, nos preguntamos. Vamos hacia el municipio de Laredo. Allí, al menos una persona debe saber algo de Watanabe.

Tomamos un taxi que nos dejó en la puerta de la Biblioteca Municipal. Al bajarnos del auto y dirigir la mirada hacia la fachada de la biblioteca, sentimos un alegría. ¡La biblioteca se llamaba “José Watanabe Varas”. “Aquí está la respuesta”, nos dijimos. Casi corriendo llegamos a la puerta del local. Estaba cerrado. Claro, era el 1 de enero. Feriado. Ninguna persona, ni siquiera el más amante de la poesía estaría a estas horas en la biblioteca. Era las 10 a.m. Para nuestra buena suerte, apareció un joven, se le veía sobrio. Se quedó parado en la puerta de la biblioteca. Entonces, corrimos. Lo abordamos. “Disculpe, trabaja usted acá”. “Sí, pero hoy no atendemos”. “No queremos la biblioteca; solo queremos saber el lugar donde nació José Watanabe. Además, aquí le han puesto su nombre a la biblioteca”. El joven nos dijo, para nuestro alivio, que sí sabía dónde había nacido el poeta. El corazón se nos puso muy contento. “José Watanabe no ha nacido en Laredo mismo, sino en Barraza”. “Tomen el carro que los saque a la carretera que va a Trujillo. Es a la salida de Laredo. Allí tomen una mototaxi que los llevará hasta Barraza”. Le agradecimos y seguimos al pie de la letra sus indicaciones. Mientras, la mototaxi nos llevaba por una carretera asfaltada y moderna que cortaba en dos los grandes sembríos de cañas de azúcar; yo asociaba el nombre del lugar donde había nacido el autor de Piedra alada con el chato Barraza, un cómico limeño muy conocido.

En un recorrido de unos 15 minutos arribamos a un pequeño poblado. Era Barraza: la tierra de Watanabe. Claro. Barraza pertenece al distrito de Laredo. Sentía una emoción. Quería saber ya donde estaba ubicada la casa del autor de El huso de la palabra. Miramos en distintas direcciones. Ante nuestra vista apareció un bucólico poblado que se formó en torno a una gran hacienda azucarera. Al frente vimos el estadio. Allí se hallaban sentados en torno a una caja de cerveza, un grupo de jóvenes y ancianos; seguían celebrando el Año Nuevo. Nos acercamos y los saludamos. Al grupo le preguntamos si conocían la casa donde había nacido el poeta José Watanabe. Todos se quedaron morándonos por unos segundos; luego, al unísono nos respondieron que no conocían esa famosa casa. “Además, estas no son casas. Son casitas, nomás”, nos dijo uno de ellos. “Y ahora qué hacemos”, nos reprochamos. Cuando uno de los jóvenes nos dijo: “¿Ven esa callecita allá al frente, donde se ve ese algarrobo que da sombra?”. “Sí”. “Vayan hasta allí, y van de frente hasta llegar a la esquina final”. “Ya”. “Allí vive, don Adalberto. Es un viejito que tiene como 90 años. Él conoce a los de antes”. “Gracias”. Caminamos siguiendo las indicciones. Nos sentamos bajo la sombra de ese viejo algarrobo. Era como el mediodía. Los rayos solares sacaban chispas al mismo suelo. La primera casa que forma esta callecita caliente era una bodega. Pedimos una raspadilla de lucuma. Sentados en la vereda de la bodega nos refrescamos. Y al momento de pagar, le preguntamos a la señora buena gente que nos atendió, si al final de esa callecita vivía don Adalberto. “Sí, allí en su puerta debe de estar sentado. Ese viejito siempre para allí buscando contarle historias a quien se le acerque y le invite una bebida”. Le agradecimos y fuimos en la búsqueda de don Adalberto. Al llegar al final de la calle, vimos al frente el inicio de un inmenso sembrío de cañaverales. Era hermoso el paisaje. Barraza está rodeado de cañaverales; más al fondo emerge el desierto amarillo y hermoso; más arriba el cielo azul, limpio y sin nubes. “En esta arcadia nació Watanabe”, nos dijimos. Y vimos una pequeña lagartija que se nos cruzó. “Es uno de los versos de Watanabe”, sonreímos. Y cuando levantamos la mirada, vimos a don Adalberto. Estaba sentado en una hamaca. Nos sonrió y saludó con sus dos manos de plátanos grandes. Nos acercamos y le deseamos el feliz año. Le contamos que veníamos de Lima para conocer la casa donde había nacido Watanabe. Nos pidió que nos sentáramos a su lado, en una banca que nos alcanzó y nos dijo si le podíamos invitar una cola heladita. Salí corriendo a comprarle uno de litro. “Sí, recuerdo a su padre, era un japonés bien serio. No hablaba mucho. El señor murió hace tiempo que ya ni recuerdo cuándo”: Se tomó un sorbe del pico de la botella de gaseosa. Se paró y nos llevó a la otra callecita, paralela adonde estábamos. Y con el dedo apuntó al otro extremo. Se veía una casita de un piso de fachada blanca. Era una típica vivienda de campo. “Allí nació el poeta. Hace años venían, creo sus hermanos, pero ahora está cerrado. Nadie vive allí. No sé si seguirán siendo los dueños o lo habrán vendido”. Entonces, ya aliviados por la ubicación de la casa. Nos sentamos junto a don Adalberto. Nos contó sobre la época dorada de Barraza, cuando vivía mucha gente que trabajaba en los cañaverales. Le escuchamos con agradecimiento, luego nos despedimos. Y a toda carrera llegamos a la puerta de la casa de Watanabe. Nos sentamos en su vereda. Palpamos sus paredes blancas. Nos tomamos unas fotos en la puerta. Imaginamos a José Watanabe, de niño, saliendo y entrando de su casa, sentado en su puerta contemplando lagartijas o jugando con sus hermanos en estas calientes callecitas.

Volvimos al mercado de Laredo. Era las 2 p.m. Preguntamos por la señora que preparaba el mejor menú. Nos señalaron un puesto donde atendía una señora alta, gorda y guapa. Sus hijas se parecían a ella. Nos sirvieron una sopa de cordero de los dioses, un abundante cabrito norteño. El almuerzo estuvo delicioso y abundante. Era cierto lo que decía Gastón Acurio. La mejor comida está en los mercados populares y no en los restaurantes cinco estrellas.

Ese mismo año que conocimos la casa de Watanabe. Nuestro querido poeta falleció. Aunque no fue mi familiar, cuando escuché la noticia de su muerte, me quedé conmocionado. Le había escuchado leer sus poemas en San Marcos en diciembre pasado. El 1 de enero conocí su casa en Laredo. Al día siguiente de su muerte salió en todos los periódicos de Lima. Me compré todos los diarios donde hablaban de la lamentable pérdida del poeta. En una de esas páginas vi fotografías familiares del poeta. Entre ellos, distinguí uno en especial. Allí se ve a José Watanabe junto a uno de sus hermanos, sentado en la puerta de su casa de Barraza. Era la misma imagen que conocimos y fotografiamos. Al reconocerlo en todos sus detalles, tal como lo habíamos visto el 1 de enero, lloré. José Watanabe, el gran poeta, se fue cuando mejor escribía. Se fue cuando sus libros ocupaban los primeros lugares de venta en España. Se fue cuando más queríamos que siguiera escribiendo poemas: perfectos y hermosos.